Justicia Ilegítima - Capítulo 10

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En la causa de marras se dijeron muchas cosas, a cuál más disparatada. Según los medios se dijo que hubo torturas, violaciones, inanición, hacinamiento, niños alimentados con sacarina, con pomada de zapatos, criados en jaulas de perros, carentes de afecto, con prohibición de jugar con otros niños, sin estudios, encerrados y sin contacto con el mundo; sumisión, lavado de cerebro, gente colgada de balcones en un hotel, encerrada en sótanos de casas que no tenían sótanos...

Lo lamentable, es que el sistema judicial les dio cabida y sus funcionarios no tuvieron (o no quisieron tener) el más mínimo poder de análisis, para darse cuenta de que lo que escuchaban de quienes se presentaban como víctimas, no se correspondía con la fisonomía o el coeficiente mental e intelectual de quienes narraban dichas historias. Se guiaron por la premisa de que “si varios dicen lo mismo es que debe ser cierto” y de que “nadie es capaz de inventar tantos detalles”. Olvidan que Hollywood está lleno de guionistas de frondosa imaginación, que nos transmiten sus historias como ciertas y sin embargo, pertenecen al mundo de la ficción.
Basta leer estudios científicos reconocidos, que dan cuenta de las secuelas que se producen en un ser humano que pasa por situaciones violentas como las descriptas más arriba, para concluir rápidamente que los personajes que se presentaron como víctimas y querellantes en esta causa, no se ajustaban a dicho perfil. Fue por ello que los jueces de las distintas instancias, negaron que se realizaran los peritajes psicofísicos requeridos por la defensa, pues jamás encontrarían en ellos evidencias de cicatrices, quemaduras, torturas o inanición, entre otros. El nivel de violencia salvaje que describieron en sus relatos sobre los supuestos victimarios, no coincidía con el estado físico y mental de las supuestas víctimas. Los resultados de la única pericia que hicieron y recién después de ordenar el allanamiento y la detención, fueron condicionados por un mandato del juez de instrucción, quien sugería orientarlos hacia una determinada conclusión.


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En un país, plagado de establecimientos que hacen un negocio lucrativo de una ciencia milenaria como es el Yoga, confundiéndolo con religión y gimnasia de moda,  juzgaron a mi padre, quien habiendo fundado el primer y más importante instituto de Yoga en Argentina y América Latina hace más de cincuenta años, con plena autoridad y conocimiento del tema, jamás lo impartió como mera gimnasia, ni como religión porque no lo es.

En un país donde abundan las sectas religiosas, que sojuzgan a seres humanos vulnerables bajo el temor y las falsas promesas de sus supuestas creencias, juzgaron a mi padre, que si bien creía en Dios, no profesaba religión alguna y por lo tanto no la inculcaba en los demás.

 En un país hipócrita, donde prefieren tirar la comida en lugar de dársela a quienes verdaderamente la necesitan, donde los poderosos de turno se ocupan de mantener en la miseria a gran parte de la población, con tal de contar con sus votos y muchos niños no comen más que un plato de comida al día, juzgaron a mis padres, que procuraron siempre que sus hijos tuvieran en la mesa al menos tres platos de comida diaria. Mi alimentación y la de aquellos que hoy con sus barrigas prominentes, proclaman que sufrieron de inanición sin tener la menor idea de lo que es, fue a base de desayuno, colación a media mañana, almuerzo, merienda y cena.








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